martes, 8 de agosto de 2017

POSVERDAD RELIGIOSA Y POPULISMO



Hoy están de moda las palabras posverdad y populismo. El mero hecho de surgir simultáneamente  ¿no sugerirán un posible vínculo o relación  entre el contenido de una y otra?. Aunque su ámbito de vigencia es básicamente el político, vamos a intentar proyectarlo también sobre el campo religioso.

   Tanto la posverdad como el populismo son realidades que van siempre acompañando a la historia humana. Quizás bajo  otros términos, pero apelando/denotando las mismas realidades. Aquí solo vamos a aproximarnos al tema de nuestra proposición, lo que significa no pasar más allá de la sugerencia, lo que puede conllevar una simplificación de la cuestión.

   Se entiende por posverdad  la predominancia en los comportamientos/opciones humanos de  las emociones y las creencias personales sobre los hechos objetivos o verdades racionales.


   Entre las muchas y diferentes definiciones, nos acogemos a la de Bernard-Henri Levi, que  por populismo entiende “la confianza ilimitada en los recursos y en la capacidad del pueblo, y desconfianza hacia todo aquello que podría interpretar, desvirtuar, diferir la justa expresión de ese pueblo que, librado a sí mismo, libre de obstáculos, tiene buen criterio por naturaleza”.

   Es evidente que el mensaje, tanto del populismo como de la posverdad, compagina más con la categoría social  de “pueblo”, gente sencilla y más creyente que culta, que  con las “elites” intelectuales y de poder.

   Aunque su origen y su significado tengan en su empleo un marcado sentido ideológico , concretamente político,  ¿qué poder decir de la posverdad religiosa? Porque también  podía extenderse su significado y vigencia al ámbito de las religiones, incluida la religión católica.

   Es indudable que la fe religiosa se apoya y mueve más en el ámbito del sentimiento que en el de la razón. La fe, su expresión más cabal, es un abrazo sentimental a realidades que traspasan el horizonte de la razón. La religiosidad –no se olvide- es una experiencia emocional de lo sagrado. Y quien más acude y se acoge a la experiencia y al sentimiento, y menos se apoya en la verdad-razón, es el pueblo, es decir, la gente menos ilustrada, de ahí que la creencia popular se mueva en gran medida en la experiencia-posverdad religiosa.


   Esta parece ser la dirección en que empieza a moverse en la actualidad la proclamación del kerigma católico, en respuesta tardía a las direcciones del último Concilio, que, hasta ahora, habían estado congeladas.

   A esta nueva realidad/mentalidad parece querer responder la propuesta religiosa del Papa actual. Recurriendo a terminología clásica, tanto en su discurso cotidiano , como en sus documentos institucionales, el Papa Bergoglio  suele moverse  preferentemente en torno al ethos (la credibilidad de la propuesta) y al pathos (la emoción, el afecto, el amor), que al logos (la verdad racional religiosa en sí). Esto es tan cierto, que no es difícil percibir un nuevo caminar de la Iglesia en este sentido a partir de su magisterio. Un nuevo caminar, por cierto, que, como decimos, viene a responder a las exigencias del último Concilio.

   Toda la actuación pastoral del Papa Francisco responde a esa misma dirección. Las pruebas son, por distintos caminos, diariamente constatables. Por ejemplo, la actitud de los cuatro altos Cardenales que le presentaron al Papa Bergoglio los famosos “dubia” sobre el documento pontificio “Amoris Laetitia”, no signficará  una respuesta-reación  de la verdad-razón-tradición  a una supuesta posverdad religiosa del Papa Francisco en ese documento?


   Esta relación entre posverdad y populismo religioso en la proclamación religiosa del Papa actual,  no es muy de extrañar, pues la tendencia política del populismo también se ha aplicado  en contextos religiosos, como, por ejemplo, en la teología de la liberación. Es más, ya se ha llegado incluso a escribir (1) sobre la gran influencia que el movimiento populista argentino “la teología del pueblo” tiene  sobre el pensamiento del Papa Bergoglio, hasta el punto de calificarle como populista.

   Este nuevo caminar de la fe es, sin duda, una necesaria y necesitada humanización de la religión. Aparte de responder al mandato y orientación del último Concilio, parece ser la opción o alternativa para el anuncio del Evangelio en esta “modernidad líquida” (Zygmun Bauman), con cierta garantía para la fe de ser social y personalmente acogida.

                                        ISAÍAS DÍEZ DEL RÍO
(1)
Górski, Eugeniusz (1994). Dependencia y originalidad de la filosofía en Latinoamérica y en la Europa del Este. México: UNAM. p. 162..  Beltramo Álvarez, Andrés (14 de marzo de 2014). «Papa Francisco: ¿teología del pueblo o populista?». Vatican Insider. La Stampa.  Scannone, Juan Carlos. «Perspectivas eclesiológicas de la ‘Teología del Pueblo’ en la Argentina». Biblioteca Católica Digital..
 R. R. Reno (2 de diciembre de 2013). «Our populist pope». First Things.
  Budowsky, Brent (28 de noviembre de 2013). «Pope Francis Liberal Populist». Huffington Post.
                                                                                                                                                                   

viernes, 14 de julio de 2017

INVITACIÓN A LA FELICIDAD


Felicidad es la palabra predominante estos días en todos los "medios" de comunicación social. ¿Por qué? Porque la felicidad es el valor y el afán humano por excelencia y, como consecuencia, el asunto que más ha concernido siempre a los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas. Y lo es porque el anhelo de felicidad es consustancial al ser humano. Todos los hombres quieren ser felices. «Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices», confesará san Agustín[1]. Lo que es claro síntoma de que el ser humano está destinado a la felicidad; o, lo que es lo mismo, que, corno escribió J. B. H. de Lacordaire «la felicidad, es la vocación del hombre».

1. FELICIDAD Y RELIGIÓN CRISTIANA

Por eso, parece paradójico que la religión cristiana, que es el origen y la fuente de la fiesta humana por antonomasia -esa que celebra la oferta gratuita de la salvación por parte de Dios-, sea una religión considerada como enemiga de la felicidad humana. ¿Puede justificarse o explicarse este aparente contrasentido, proyectado habitualmente en forma de rutinaria acusación? 
Hay que reconocer que ese acento en la cruz, como rasgo identitario de esta religión, históricamente es cierto. Y tiene su explicación. En el origen del cristianismo, el primer obstáculo que esta religión tuvo que vencer, para abrirse camino en aquella sociedad pagana, fue demostrar la compatibilidad de la muerte en la cruz con la divinidad de Jesús. Para la mentalidad del mundo pagano era incomprensible que un Dios muriera en la cruz. A este primer paso o primera motivación, le siguió -por dinámica de la tradición- la paulatina exaltación y culto preferente de la cruz por la teología posterior, en menoscabo de la realidad de la resurrección.
La andadura, pues, de esta religión comenzó por tener que defender ante el mundo pagano que la muerte de Jesús en la cruz, no era incompatible con el hecho de ser Dios. Pero luego, por la fuerza de la tradición, ese primer encumbramiento, de carácter apologético, de la cruz, fue manteniéndose y acrecentándose continuamente, hasta llegar, prácticamente, a nuestros días. Hoy, sin embargo, ya se empieza a revisar esta visión dolorista de la vida. Esta concepción, a juicio de relevantes pensadores, no deja de ser una visión fragmentaria, unidimensional de la fe cristiana. Una visión integral del mensaje evangélico, sin negar la cruz, debe enaltecer, en la misma o mayor medida, el otro elemento esencial de esta religión: la resurrección.


2. DIOS NOS QUIERE FELICES

Resaltar la resurrección, o el perfil fruitivo de la fe cristiana, parece lógico. Lo extraño es que no lo haya parecido siempre. Racionalmente, parece evidente que el mensaje y el testimonio de Jesús no se aviene con una religión/institución opuesta a la felicidad humana. Ni se aviene, ni podría avenirse, pues, como escribe J. M.a Castillo, «si Dios, efectivamente, se identifica, se humaniza y se funde con lo humano, eso quiere decir obviamente que la voluntad suprema y determinante de Dios se tiene que entender a partir de la aspiración suprema que Dios ha puesto en el ser humano, la aspiración a la felicidad. Es decir, lo que Dios quiere, ante todo y sobre todo, es que los seres humanos seamos felices»[2].

    Si el hombre está destinado por Dios a la felicidad, parece aberrante suponer que Dios no quiera esa felicidad del hombre. La prueba la tenemos en el testimonio de la vida de Jesús. Todos los hechos de la vida de Jesús fueron una  clamorosa exaltación de la vida. «Jesús, ha escrito Juan Estrada, trajo un mensaje de esperanza; sanó, perdonó, alivió el sufrimiento; transmitió ganas de vivir y de luchar; anunció una salvación aquí y ahora, para la vida, la del reino de Dios. Nadie acusaría a Jesús de obstaculizar la felicidad humana. El problema es que no ha ocurrido lo mismo con la religión cristiana».   Tradicionalmente, ya se ha indicado y explicado el porqué, la religión cristiana ha anunciado principalmente el mensaje de la cruz. Hoy, sin embargo, la nueva perspectiva de la teología del hombre salvado y redimido intenta volver a reconciliar felicidad natural y salvación sobrenatural. G. Geshaker, por ejemplo, afirmará que «la teología actual intenta ver la salvación como felicidad, y entender la felicidad en orden a la salvación»[3]. Y es que, como ya en su día escribió J. L. Ruiz de la Peña, «hay que soldar la brecha abierta entre felicidad (natural, cismundana) y salvación (sobrenatural, ultramundana) y comprender que los momentos de felicidad son la parábola anticipatoria de la salvación; no algo efímero que se consume fugazmente, sino primicias y arras del gozo irrevocable»[4].
 3. EL CRISTIANISMO ES CRUZ PERO, SOBRE TODO, RESURRECCIÓN

Es innegable que el cristianismo es cruz (referente de dolor y muerte), pero también no es menos cierto que, además de eso y sobre eso, es resurrección (referente de vida, felicidad y gloria). Por eso, la Pascua, y no la cruz, es y debe ser el centro del calendario cristiano. San Pablo nos señala claramente que el hecho axial del cristianismo es la resurrección y no la crucifixión (1 Co 15, 12-28). Nunca, por otra parte, debemos olvidarque el Dios del Nuevo Testamento, es decir, el Dios de Jesucristo, es un Dios Padre, un Dios de Misericordia y de Amor, no un Dios Justiciero y de Temor, como lo es el Dios del Antiguo Testamento. 
Un Dios complaciente/amante del dolor humano no congenia con ese rostro del Padre de Amor, Bondad y Misericordia de los Evangelios. Un Dios con rostro "sádico" sería, precisamente, una de las «imágenes perversas e idólatras» de Dios, de las que habla J. M. Mardones en su obra póstuma, que habría que sanarlas, sustituyéndolas por otras positivas y más evangélicas[5]. 

Se ha llegado a esta situación en la valoración cristiana porque, como recientemente se ha escrito, en la teología occidental, siguiendo la tradición, a diferencia de la oriental, ha prevalecido «una cristología con poca relevancia de la resurrección, pues parece que todo se consuma en el sacrificio de la cruz» (V. Codina). Hasta tal punto ha predominado esta visión, que se ha llegado a escribir que los cristianos/católicos parecen haber arrancado de los Evangelios las páginas de la resurrección.
La percepción de esta concepción dolorista de la vida, que ha solido ofrecer la religión cristiana, ha suscitado no pocas páginas literarias. Sobresalen, tal vez sobre todas, las que arrancó a Nietzsche: «Mirad a los cristianos. Siguen a un resucitado, pero sus caras son de muertos. ¿Cómo voy a creer a estos cristianos que, siguiendo a un salvador, no tienen cara de redimidos?»[6]     
Este grito de Nietzsche se ha prolongado hasta nuestros días, exteriorizándose en el eslogan de los autobuses que recorren algunas ciudades europeas: «Dios probablemente no existe. No te preocupes. Disfruta de la vida», sufragado por colectivos ateos.

4. SENTIDO CRISTIANO DE LA CRUZ

Con lo que fue un acto puntual en su vida -su último gesto de amor a los hombres: la muerte en la cruz-, ¿pretendía Jesús suscitar entre sus seguidores la voluntaria opción de por vida de la cruz o el sufrimiento, como medio de autorrealización humana y entrega/ofrenda grata a Dios? Si no fuere así, ¿por qué recalcar tanto e imitar sólo ese gesto de la vida de Jesús, sobre todos los demás, y no otros, como el hecho sustancial de la resurrección? Ciertamente, Jesús, para seguirle, nos invita a que tomemos/soportemos -hoy diríamos, con resignación cristiana, esto es, dándole sentido salvífico-, nuestra respectiva cruz -«si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome SU cruz y sígame» (Mc 8,34)-, pero no nos pide que hagamos voluntariamente de nuestra vida entera una cruz. 
Porque una cosa es asumir por amor la cruz que a uno le depara la vida -¿y quién es el afortunado que se libra de ella?-, y otra, muy distinta, es buscar y convertir la cruz en fin de la vida y en objeto único de plenitud de gozo y de felicidad. En nosotros, como en Jesús, salva el amor, no el dolor. ¿Buscó, acaso, Jesús la cruz o, más bien, aceptó, por amor a los hombres, la cruz que, contra su voluntad, su Padre le envió: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39)?
Refiriéndose a esa mentalidad cristiana "dolorista", J. M. Mardones, entre otras certeras páginas, ha escrito que «con esta exaltación de la muerte y la cruz, se sacraliza el sufrimiento con toda una serie de consecuencias negativas, patológicas»[7]. Por eso, a su juicio, «urge recuperar una religión no sacrificial y un Dios de la vida»[8].

    ¿No querría Jesús con su muerte significar a sus seguidores que, para un seguidor suyo, todo lo que pueda sucederle en el transcurso de su vida -incluida una muerte ignominiosa-, todo tiene sentido? Es obvio que, entre las posibles y adversas situaciones en las que pueden encontrarse los cristianos en su existencia, hay que contar con la muerte. Pues bien, la muerte de Cristo en la cruz le está diciendo al cristiano que incluso la muerte -por trágica e ignominiosa que ésta sea-, tiene sentido, como la tuvo la muerte de Él, pues sólo tras ella viene la esperada resurrección.
    Todo esto viene a decirnos que debemos disfrutar de los bienes que Dios ha proporcionado/regalado al hombre, porque todos, absolutamente todos, por el mero hecho de haber sido creados por Él, son buenos. Que cuando nos venga el dolor, y tengamos que plegarnos a él por no poderlo evitar, le demos el sentido que Cristo dio al suyo. Precisamente, el sentido del dolor humano entró por vez primera en la historia -concretamente, para los cristianos-, escribió A. Camus, cuando y por el hecho de haberlo asumido/sufrido un Dios, el Dios de los cristianos.
Si todo, incluidos los placeres de este mundo, son emanaciones del amor de Dios, ¿por qué el placer físico no va a estar también para disfrute del cristiano? ¿Hasta cuando el placer va a ser palabra tabú entre los cristianos? ¿No es posible la relativización y superación de una concepción sacrificial del cristianismo, incorporando el placer-incluido el placer sexual- como elemento intrínseco de la ética/moral cristiana? ¿Es imposible, en una visión cristiana auténtica e integral de la persona, desvincular el sexo de la reproducción/procreación? Para ejemplificar, ponemos como referente el sexo, por ser la visión cristiana/católica sobre esta dimensión de la felicidad humana la que mayormente provoca el rechazo de la sensibilidad actual, tanto de creyentes como de no creyentes.

Poseer una visión religiosa dolorista o fruitiva de la vida tiene sus consecuencias prácticas. Quienes participan de la visión religiosa dolorista de la vida se esfuerzan en ser buenos para conseguir la salvación; en cambio, quienes abrazan la visión religiosa fruitiva de la vida, procuran ser buenos para agradecer a Dios la salvación que en y por Jesús les ha sido regalada. En la vida de los primeros juega un papel importante el miedo a la condenación; en la de los segundos, sobresale el gozo inmenso y compartido por sentirse graciosamente salvados.
Este cambio de perspectiva, o, mejor, esta armónica integración de perspectivas -cruz y resurrección- de nuestra religión, debe empezar a ofrecerse e inculcarse al posible creyente ya en los primeros años de la vida. Este empeño conlleva el conocimiento y la asunción, por parte de los agentes de pastoral, de esta nueva sensibilidad religiosa. Las nuevas generaciones de creyentes deben saber y ser conscientes del alcance de la fe que profesan, tanto de lo negativo como de lo positivo, en relación con las sensibilidades del entorno cultural en el que tienen que vivirla. Es tan importante para los nuevos creyentes conocer este sentido fruitivo de su religión, que no faltan expertos que asocian el futuro de la religión cristiana a la respuesta que esta religión ofrezca al hombre sobre el tema de la felicidad.

                                                     Isaías Díez del Río

(Publicado en LEA digital, nº 97, enero-marzo 2011)





[1] AGUSTÍN DE HIPONA, De moribus Ecclesiae et de moribus manichaeorum, 1, 3.4.
[2] CASTILLO, J, Mª., Dios y nuestra felicidad, Desclée de Brouwer, Bilbao 2002, p. 232. Cf. et. Pp. 235-238.
[3] GESHAKE, G., Felicidad y salvación (Fe cristiana y sociedad moderna IX). Ed. SM, Madrid 1996,p.158.
[4] RUIZ DE LA PEÑA, J. L. “Fe cristiana. Pensamiento secular y felicidad, en Sal Terrae 3 (marzo 1999) 191-210.208.
[5] Cf. MARDONES. J. M. Matar a nuestros dioses. Un Dios para un creyente adulto, PPC, Madrid 2006. 
[6] NIETZSCHE, F., Así habló Zaratrustra, Sarpe, Madrid 1993, p. 111; cfr. El Anticristo, Alianza Editorial, Barcelona 1964, pp. 43-55.
[7] MARDONES, J. M., o.c. p. 73.
[8] ID., ibid., pp. 88ss.

domingo, 11 de junio de 2017

EDUCACIÓN E INTERIORIDAD


Noli foras ire, in teipsum reddi; in interiore homine habitat veritas –

No vayas fuera, entra en ti mismo: en el hombre interior habita la verdad.

San Agustín, De vera religione, 39,72

 

Normalmente,  cuando se habla de educación, se entiende la tarea  que lleva por cometido  desarrollar las capacidades humanas, tanto en el campo del conocimiento, como en el ámbito de los valores y de las destrezas. Todos estos objetivos escolares se procuran lograr por medio de la enseñanza y de la educación. El departamento nacional que, por encargo de la sociedad, lleva a cabo este cometido se llama, por eso, Ministerio de Educación.   

1.- Instruir y educar  

A pesar de que en no pocas sociedades suele darse una confusa equivalencia entre ambas funciones, los métodos y los objetivos de la instrucción y de la educación, en realidad,  son distintos. No obstante, aunque educación y enseñanza teóricamente respondan a tareas y dinámicas  distintas, en la práctica debe procurarse impartirlas conjuntamente/unidas . 

 Enseñar (docere) es instruir, es impartir/comunicar  conocimientos. Es ofrecer desde fuera los elementos o contenidos cognitivos capaces de hacer a una persona lo más sobresaliente posible en el mundo de los conocimientos. Su objetivo, por tanto, es desarrollar las capacidades intelectuales del individuo, con el fin de producir hombres/ciudadanos sabios o competentes en las diferentes ciencias y saberes. 

Educar, en cambio, como su misma etimología sugiere, es sacar (e-ducere) del interior de una persona las virtualidades o cualidades humanas que toda persona lleva en germen en su interior. En esta doble dimensión de la educación, que implica su etimología,  la de hacer aflorar y florecer la semilla que el educando lleva en su interioridad, hay que reconocer, como advierte Javier Cortés Soriano,  que “no se dará la segunda, el desarrollo desde el interior, sin la primera, una intervención externa que desde la aceptación incondicional del educando le llama desde la exigencia a nuevos horizontes vitales”.  

 
 Como decía ya Hesíodo, “la educación consiste en ayudar a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser”. No se trata tanto de ofrecer y de adquirir conocimientos, como de “aprender a ser” más persona, de crecer como seres humanos. Su objetivo  es desarrollar las virtudes o capacidades morales del sujeto -como pueden ser la generosidad y la honradez, el orden y la responsabilidad, la fortaleza y la sinceridad, entre otras-, llevando al ser humano a la mayor plenitud posible en su humanidad. Su finalidad es producir hombres-ciudadanos buenos. Entre los contenidos de esa educación están los  valores cívicos del respeto, la igualdad, la inclusión, el diálogo, la tolerancia y la solidaridad, sobre los que, en otro lugar y  momento, ya hemos hablado.

 En la distinción entre enseñanza/instrucción y educación/formación, se apoyan quienes defienden que, así como la instrucción es obligación y función de los poderes públicos o Estado, la educación es derecho y cometido de la familia. Ésta es la ideología subyacente de quienes  defienden a toda costa el derecho de los padres a escoger la educación de sus hijos. ¿Qué decir –de paso- sobre este derecho?  

Es incuestionable que el Estado no puede dar una educación opuesta a los valores de la propia  familia. Pero, tampoco puede cuestionarse al Estado el derecho y la obligación que tiene de enseñar  los valores compartidos entre los miembros de la comunidad estatal. Si el ser del hombre es ser ciudadano, es deber de la sociedad el inculcarle los valores que comparten los ciudadanos de su grupo social, con el fin de armonizar al individuo con su sociedad o grupo de pertenencia. Es la única manera de evitar el conflicto cívico  y de garantizar la paz social. Tampoco puede  privársele al Estado del derecho y obligación de educar a sus súbditos en aquellos valores que responden a los valores universales de los derechos humanos,  por ser estos derechos, valores que todos los seres humanos comparten y/o deben compartir. 
 

Cerrando la precedente puntualización, y retomando/reanudando el tema de nuestra reflexión, las tareas de enseñar y educar, además de responder a finalidades distintas, expresan acciones o dinámicas diferentes. La enseñanza, es una acción de fuera hacia dentro del individuo; la educación, en cambio,  es un movimiento que va de dentro a fuera. Pero, como ya se ha indicado, debe procurarse llevar a cabo ambas acciones simultáneamente en el individuo. La integración de ambas acciones está orientada a la producción de un hombre cabal o en la plenitud de su ser, tanto en el ámbito de la calidad humana, como en el campo de los conocimientos, pues una y otra buscan y deparan la formación integral de la persona.  

Acorde con lo que venimos diciendo, la acción educativa requiere en el educador el doble empeño y  habilidad de entrar en el interior del educando, y, al mismo tiempo, la capacidad o destreza para sacar de él las virtualidades humanas que lleva consigo en su interior. Tanto el entrar como el salir,  hacen referencia a la interioridad. 

Para mejor poder sacar las virtualidades que en germen lleva el individuo en su interior, esto es, para poder educar por y en la interioridad, es preciso buscar y contar con la colaboración del educando, pues no en vano el objetivo de la interioridad es llevarnos  a aprender a “ser” desde uno mismo. Es decir, aquí más que en cualquier otro aprendizaje, se precisa de la colaboración del sujeto en la propia educación. Se trata nada menos que de construir la mayor y más noble empresa humana, la empresa de la modelación del hombre. El discípulo debe adquirir y asumir la convicción de que la esencia y, por tanto, la verdadera consistencia del ser-hombre no reside tanto en las cosas externas, como en las que residen en su interioridad.  

2.-Educación e interioridad agustiniana

Como es sabido, la interioridad es una de las ideas nucleares del pensamiento de san Agustín. Es más, como ha escrito Julián Marías, “el gran descubrimiento, capital, de San Agustín es la intimidad”. Es un tema tan recurrente en sus escritos, que el santo es conocido en el  cristianismo  como el maestro de la interioridad. Y, como no podía ser de otro modo, también lo es para quienes se consideran continuadores de su herencia, tanto en la forma de vida, como en el legado  de su pensamiento. La interioridad, de hecho, es uno de los rasgos característicos de la identidad agustiniana. De ahí que está resaltada como elemento esencial en el Carácter Propio de los centros agustinianos.  

San Agustín asumió en su filosofía educativa el método del aforismo griego γνῶθι σεαυτόν ( gnóthi seautón), en latin : “Nosce te ipsum: conócete a ti mismo”, porque, desde la antigüedad clásica,   ya estaba considerado como el método ideal para comprender y mejorar la conducta del hombre, y, como consecuencia, la misma condición humana, tanto en el orden moral como en el del pensamiento. 

Este empeño por recurrir a la intimidad, significa y se justifica por el hecho de que  el hombre sólo se conoce cuando recala en el fondo de sí mismo, cuando entra en el espacio íntimo de su conciencia. Únicamente desde el conocimiento y el correspondiente amor que proporciona al educador  esta introspección, le garantizará el cumplimiento eficaz de su función educativa – es decir, la de transmitir tanto  valores como  conocimientos- ante sus propios alumnos y ante los propios padres de familia. 
 

¿Por qué, en general, proponer la interioridad como método educativo? Porque la educación por y en la interioridad conduce a la producción de un buen ciudadano y, como consecuencia, a la creación de una buena convivencia o paz social. Produce estos resultados, porque comprenderse uno a sí mismo, es comprender también a los demás y viceversa.  El propio conocimiento, decía Agustín, me lleva al conocimiento ajeno, pues ”nadie comprende a nadie si no se comprende a sí mismo.¿Cómo conocer a otras almas, si se ignora a sí mismo?[1].Sólo de y desde este conocimiento, se pasa al amor de lo conocido, por aquello de que “nihil volitum, quin praecognitum: nada desconocido es amado”. 

Si el propio conocimiento, arrastra al amor a uno mismo, ese  amor propio puede y debe extenderse  al amor a  los demás, que participan de la misma humanidad. En efecto, esta autoconciencia  de que “soy hombre y nada de lo humano me es ajeno”[2], me impulsa o debe  impulsarme a tratar a los demás como yo quisiera que los demás me trataran a mi. No en vano desde muy antiguo viene el pensamiento cristiano –y aquí se trata, no se olvide, de educación cristiana- de amar a los demás como uno se ama a si mismo, o, en términos negativos, no hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.  Es evidente que el resultado de una tal actitud, generalizada entre los miembros de un grupo humano, no puede dejar de traducirse en la creación de una convivencia pacífica y armoniosa.
San Agustín optó por el método de la interioridad en la educación, porque  lo que a él  mayormente le concernía e interesaba era la educación cristiana, es decir,  aquella que intenta formar al individuo para la recepción y el desarrollo del mensaje cristiano, en el que Dios es el último referente. Y, en este sentido, como escribió M.F. Sciacca, “La autoconciencia, así concebida, es el primer encuentro del sujeto con la verdad que lo constituye y lo trasciende, y analógicamente, y mediante ella, es también encuentro con Dios». Es decir, a través de la interioridad el hombre se conoce a sí mismo y , a través del propio conocimiento, se llega al conocimiento de los demás, y de Dios. 
El conocimiento del hombre me lleva también al conocimiento de Dios. La grandeza del hombre, para Agustín, está en ser un ser referencial. Referencial,  en doble  sentido. Por un lado, porque sólo con relación a Dios se  puede comprender cabalmente al hombre. Referencial, también,  porque el hombre es el camino más corto, directo y rápido para conocer a Dios.  El  santo llega a afirmar que, cuando se busca la verdad -y “el fin del hombre es indagar la verdad”-[3], lo que en realidad se busca es a Dios  a través de su imagen (imago Dei) [4], que es el hombre como intimidad, el hombre interior. En esta morada íntima habita  el Maestro interior, y es desde la que especialmente nos habla y enseña  Dios. 


Precisamente, porque la verdad que el hombre busca, sólo se encuentra en sí mismo, el santo no se cansa de recomendar:“no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad”[5]. Esa verdad residente nos conduce sin remedio al encuentro de la verdad trascendente, la única capaz de saciar la inquietud existencial del ser humano. 
 
El lema de vida de Agustín fue el “Noverim me, noverim te: que yo me conozca, y te conozca”[6]. Y la mejor y más rápida metodología para llegar, desde el propio conocimiento (noverim me), al conocimiento de Dios (noverim te), es el método de la interioridad. 

Pero, con independencia de esta finalidad trascendente de  la educación cristiana/agustiniana, no puede negarse que este método, al deparar una mayor conciencia de uno mismo, también posibilita una mayor conciencia de los demás y del mundo, conocimiento que ayudará a poder mejorar la convivencia humana.  

3.-Inteligencia emocional e interioridad

El conocimiento cognitivo, afectivo y ético del holismo pedagógico, proporcionado por la mirada interior,  no puede por menos de  proyectarse sobre las conductas y, en definitiva, sobre la convivencia. La educación en la interioridad nos lleva, en efecto, a una actitud empática,  solidaria y generosa hacia el prójimo y hacia todo el entorno natural. Y el resultado de esa actitud, a nivel de convivencia,  es la formación/producción de buenos ciudadanos, y, en definitiva, la paz social.  

Mejorar al hombre en su sociabilidad, esto es, en su humanización o condición humana, fue, precisamente, lo que  con este método pretendieron Sócrates y Platón. Mejorar y elevar la educación del hombre, ha sido también el objetivo que han buscado todos los maestros que han seguido aplicándolo a lo largo de la historia de la educación. Y es que todo auténtico maestro/educador sabe que la educación  no se reduce sólo a impartir  contenidos; es, sobre todo, formar identidades, es decir, ayudar al alumno a construir su propia identidad personal. Sin perder nunca de vista que hoy la identidad del joven no se forma por reproducción de modelos conocidos, sino por experimentación y selección de los valores que los distintos modelos  le ofrecen. 

 
En realidad, para realizar su labor educativa, nunca se dejó entre los educadores la aplicación, consciente o inconsciente, del método de la interioridad, método estrechamente relacionado con la,  hoy tan de moda y fructífera,  inteligencia emocional. La valoración del autoconocimiento en la promoción del hombre se ha acrecido en nuestros días, precisamente, por el hecho de apreciarse, hoy más que nunca, en la vida de las personas el valor de la inteligencia emocional. Expertos de nuestros días en el tema han escrito que “para todos, el conocimiento de uno mismo (self-awareness) constituye una importante dimensión de la inteligencia emocional. En definitiva, una persona emocionalmente inteligente, además de relacionarse bien con los demás y comprenderlos (habilidades interpersonales), se conoce y se “relaciona” bien consigo misma (aspectos intrapersonales)”. Los valores de la inteligencia emocional  se ven singularmente acrecentados por los nuevos horizontes que abre al individuo la inteligencia espiritual, esa facultad con que nos enfrentamos exitosamente a los problemas de significado y sentido de nuestra vida, de la que aquí no vamos a hablar.
 
         Esta revaloración no es de extrañar,  pues, a juicio de Jack Block, según la conocida teoría de D. Goleman, los hombres que poseen una elevada inteligencia emocional, “demuestran estar dotados de una notable capacidad para comprometerse con las causas y las personas, suelen adoptar responsabilidades, mantienen una visión ética de la vida y son afables y cariñosos en sus relaciones. Su vida emocional es rica y apropiada; se sienten, en suma, a gusto consigo mismos, con sus semejantes y con el universo social en el que viven».

 

Ante el generalizado fracaso escolar que en la actualidad azota al sistema educativo de no pocas sociedades occidentales, ya se están alzando voces buscando correctivos a la situación. Entre las que se oyen, sorprendentemente,  no faltan las que apelan a la educación en la interioridad. Así lo hace, por ejemplo, Lorenzo Fernández Riaño que, en un reciente y valioso estudio sobre “El valor educativo de la interioridad” (Universitat de Valencia, 2010), uno de sus capítulos lleva por título: “la interioridad un paradigma educativo emergente”, donde se resalta la importancia de la interioridad en la educación para un mejoramiento de la actual situación educativa.

 

Esta educación en la interioridad, como heteroeducación es un proceso  gradual, que se inicia en la infancia y se mantiene a lo largo de toda la edad escolar o etapa formativa del hombre.  Como autoeducación, sin embargo, es un método/medio que debe durar a  lo largo de toda la vida. Agustín mismo nos anima a todos  a tomar parte activa en la propia autoeducación, apelando a la famosa frase de Horacio, retomada luego y hecha célebre por E. Kant, “aude sapere: atrévete a saber”[7]. Quede, pues, aquí recogida esa invitación.
 
 
                                                 Isaías Díez del Río

 



[1] De ver.relig. 10,3,5;La Trin. 9,3,3.   
[2] Carta 78,8;Sermón 233,2,
[3] Contra Académicos 1,3,9; 3,1,1,
[4] Cfr. Comentario al Salmo 104,3,
[5] De la verdadera religión 39,72; Sermón 145,3
[6] Soliloquios, II, 1, 1;I,2,7
[7] De la cuantidad del alma 23,41; Horacio, Carm. I,3