miércoles, 11 de abril de 2018

RELIGIÓN CRISTIANA Y POLÍTICA PROFANA


En un libro publicado recientemente, Revoluciones imaginarias (2018), José Miguel Ortí Bordás  sostiene que en España suelen surgir con frecuencia movimientos disgregadores o separatismos como consecuencia de la falta de vertebración de nuestra sociedad. Esta carencia nacional la atribuye a que, entre los valores constitutivos y definidores de la colectividad nacional, hay muy poca sociedad y  demasiado Estado.


La raíz de este fenómeno histórico lo explica el catedrático Fernando Rey remontándose a sus orígenes. En un reciente y  magnífico artículo, Reforma protestante y constitucionalismo (El País 26/2/18), se atribuye esa situación a no haber estado  nuestra sociedad afectada por el protestantismo, como lo estuvieron y siguen estando otras sociedades. Para este autor, “en el constitucionalismo protestante hay tanta sociedad  como sea posible y sólo tanto Estado como sea imprescindible; en el constitucionalismo de impronta católica hay tanto Estado como sea posible y sólo tanta sociedad como resulte necesaria”.

Las Constituciones, dicho sea de paso, han nacido como defensa de los derechos del hombre y del ciudadano frente al poder absoluto de la autoridad del Estado, mediante la fijación de los límites y la definición de las relaciones entre los poderes del Estado (legislativo, ejecutivo, y judicial) y los de estos con sus ciudadanos. La clase de relación entre poder e individuo dependerá fundamentalmente del concepto de hombre del que se parta.


Desde el momento en que se pone al individuo en el eje y destino de la relación humana, como aconteció con  la doctrina luterana de “la sola fe” en la religión, se le adjudica una libertad tal, que todos los demás de la comunidad creyente y no creyente –personas e instituciones-, tienen que respetarle en sus posibles y diferentes manifestaciones, pues la libertad religiosa conlleva el derecho al disfrute de las demás libertades. No es necesario indicar que esta nueva concepción del hombre trajo consigo una nueva concepción de la sociedad.

Por el  hecho de estar revestido de esa libertad, parece lógico esperar que las instituciones que  de este individuo vayan  a surgir,  todas van a ir diseñadas en favor  y protección del individuo frente a las instancias y autoridades, entre ellas la del Estado, que puedan coartarla. Es normal, por eso, que la legislación en el protestantismo esté orientada a favor del individuo, frente a cualquier otra  autoridad, incluida la del Estado, que pueda menoscabarla.


Este nuevo cambio en la visión del mundo explica que, ya en el momento de la aparición del protestantismo, se produjera en Europa una escisión entre las naciones del Norte, protestantes, rebeldes a la autoridad del Papa, y las naciones católicas del sur , obedientes a la autoridad del Pontífice . Aparte factores etnográficos, geográficos, y otros, fue entonces la religión católica el principal factor de identidad que diferenció y condujo a la separación entre las sociedades del norte de las naciones del sur. Hoy sigue existiendo parecida diferencia y distancia, y por las mismas causas.


El catolicismo sigue siendo también hoy factor identitario  entre  diferentes nacionalidades, sin peligro de conflictividad. Pero, ¿lo es, o puede serlo, entre distintos grupos sociales de una misma colectividad nacional sin riesgo de posible enfrentamiento? Es cierto que hoy la  Iglesia, como acaba de reconocer Antonio Camuñas en reciente artículo, reclama el derecho de la persona a ejercer su libertad de conciencia y practicar libremente sus creencias sin injerencias ni coerción del Estado, en plena sintonía con la primacía del individuo propia del constitucionalismo moderno, pero también es cierto  que el catolicismo, a diferencia del protestantismo, históricamente siempre ha estado más a favor de la jerarquía que del individuo. El dilema en el catolicismo tal vez todavía siga siendo si el individuo es para la sociedad, o, al revés, es la sociedad para el individuo.          

                                                     Isaías Díez del Río

lunes, 12 de marzo de 2018

EL COLABORADOR LITERARIO: DE CICERON A AGUSTIN



Hay personajes en la historia de vida tan atareada y obra literaria tan extensa y valiosa, que no es fácil comprender cómo poder compaginar esas dos situaciones y realidades personales.

Hay personajes, efectivamente, en la historia cuya obra literaria conocida es de tal magnitud y calidad, que no se explica fácilmente como resultado de una acción o empeño meramente individual. Es decir, que, para explicar esa creación, parece normal que hay que contar con la intervención de varias personas.

Tratándose, como es el caso, de creadores de destacadas obras literarias y de pensamiento, esa ayuda compartida, por referencia a denominaciones de denigrantes situaciones económicas históricamente pasadas, suele llevar, por parte de quien la presta, el nombre de negro, y a quien la utiliza y se aprovecha de ella, negrero.

Si recurrimos a Google se nos dirá que “la expresión es de origen francés -los ingleses usan el término ghostwriter, escritor fantasma- y surgió con la producción en masa de folletines en el siglo XIX, cuando se empezó a llamar négrier -negrero- al que firmaba y nègre -negro- a quien escribía”.

Respondiendo al título de esta reflexión, una visión volteriana de los personajes de nuestro intitulado nos lleva a poder calificar a nuestros prolíficos protagonistas –con perdón del santo- de “negreros”, en el sentido de que uno y otro se sirvieron, en alguna medida, de la ayuda de otras personas para la elaboración de, al menos, algunas de sus obras/creaciones literarias.

Sin esta cooperación, posiblemente ni uno ni otro hubieran podido escribir, dada su circunstancia vital, la cantidad y la calidad de las obras que escribieron. Cicerón, que era rico, se sirvió de los “servus pecuniae”, Agustín, que era pobre y santo, de los “servus Christi”.


Se sabe que Cicerón solía estar e ir acompañado/rodeado de un reducido grupo de cultos amanuenses, generalmente ilustrados “esclavos” griegos, que le ayudaban en la ejecución de sus obras literarias, escribiendo cuanto él les decía o dictaba, y proporcionándole, incluso, las citas pertinentes de autores conocidos sobre el tema de referencia/en cuestión. En su caso, la retribución no podía ser otra que el dinero. De ahí que les llamemos “servus pecuniae”.

Otro tanto parece que acontecía en la elaboración de alguna de sus obras en san Agustín, pero con la diferencia de que quienes le servían y prestaban ayuda, no lo hacían por dinero -que el santo no tenía-, sino por su relación de fraterna amistad y de amor compartido a Dios. De ahí que, en contraposición a los “servus pecuniae”, a estos podamos denominarlos “servus Christi”.


Este proceder no debe extrañar a nadie, pues siempre se ha dado, y aún sigue dándose hoy en día este oficio. ¿Quién, de hecho, no conoce hoy obras literarias atribuidas a un autor, cuando se sabe que han sido creadas/realizadas por otra persona? Hoy mismo, ¿no se editan y publicitan muchas obras fruto de la cooperación explícita de no pocos autores? Naturalmente, hoy no se utiliza con los sentidos que el término negrero ha llegado a tener de: abusón, explotador, déspota, tirano, opresor..., sino, más bien, en el sentido de voluntario colaborador literario.


Aunque, en realidad, no haya desaparecido del todo en nuestra sociedad la figura del negrero, hoy su oficio y malsonante apelativo han sido socialmente reemplazados por el de colaborador. El colaborador es el profesional que libremente colabora en la producción de una obra literaria, científica, técnica o gráfica. En ocasiones esta participación puede ser tan relevante que, en realidad, el colaborador puede pasar a convertirse en coautor de la creación. Tanto la figura del colaborador como la del coautor, así como, en cada caso, su respectiva remuneración, están hoy perfectamente definidas en la correspondiente legislación de cada país.

                                                         Isaías Díez del Río

domingo, 18 de febrero de 2018

SENSIBILIDAD POSMODERNA Y POSVERDAD RELIGIOSA



La posmodernidad es el puerto en el que desembarcó la evolución de la modernidad.  Eso ya nos dice que la posmodernidad se caracteriza por algo específico que la diferencia de la modernidad. Así como el órgano definitorio de la modernidad es la razón, el órgano específico de la posmodernidad es el sentimiento. La depreciación y detrimento de la razón va acompañada del mayor afianzamiento y notoriedad del sentimiento.



Según los analistas del fenómeno cultural posmoderno más relevantes del momento (Habermas, Lyotard, Sloterdijk, Guattari, Derrida, Deleuze, Baudrillard, Vattimo, Eco, Vitiello, Rorty,  Lipovetsky, etc...), frente a los valores específicos del modernismo, el pensamiento posmodernista, valora y enfatiza, entre otros muchos:

-  lo vital/existencial sobre lo lógico y racional

-  la opinión sobre el pensamiento/idea

-  el sentimiento sobre la razón

-  el sincretismo sobre la unidad de creencia

-  el irracionalismo completo sobre el racionalismo absoluto

-  lo privado y personal sobre lo público y social

-  la subjetividad sobre la objetividad

        - los impulsos y las estimaciones personales sobre los valores y   normas obje­tivo.





   Esta corriente o moda cultural, que define el “espíritu del tiempo”, se caracteriza por el predominio en la vida práctica del “principio del placer” sobre el “principio de la realidad”. El desarrollo sin medida de esta nueva sensibilidad cultural ha llegado hasta el extremo de llevar a un autor a poder calificar a nuestro tiempo como “La era del sentimentalismo salvaje” (F. J. Contreras).

   Decíamos en anterior artículo que por “posverdad” se entiende la predominancia que en los comportamientos y las decisiones humanas tienen las emociones y las creencias o deseos personales sobre los hechos objetivos y las verdades racionales. Pues bien, este evidente cambio de paradigma cultural de ver e interpretar el mundo tanto y más desde el sentimiento que desde la razón, tiene también por necesidad su traducción en el mundo de la religión. Esto quiere decir que entre sensibilidad posmoderna y posverdad religiosa hay una cierta cercanía/vecindad y relación. O, lo que es lo mismo, la posverdad religiosa se mueve y florece con igual o mayor facilidad    en el campo de la sensibilidad cultural posmoderna que en el de la modernidad. ¿Acaso la fe no es un asentimiento a realidades/verdades a las que le es imposible al hombre llegar por la sola luz de la razón? ¿Qué es la fe sino “la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1)?



   Todo credo religioso tiene un cuerpo de verdades de fe, a las que sus fieles se adhieren y confiesan. Pero, ¿en el abrazo a esas verdades de fe qué elemento o factor interviene más: la razón o el sentimiento/corazón? En algunas religiones, p.e. la católica, muchas de esas verdades superan la capacidad racional del hombre, lo que significa que el fiel las abraza tanto más por sentimiento que por convencimiento racional. Y eso es lo que cae dentro del campo de lo que denominamos posverdad religiosa: el asentimiento a la verdad religiosa por el sentimiento tanto y más que por la razón.


   Para que una religión pueda mantener impoluta su vitalidad, todo cambio cultural debe conllevar el correspondiente cambio en la religión. Este cambio de actitud y de mentalidad ante las verdades religiosas –en el catolicismo no pocas calificadas de dogmas- se está notando en asiduas manifestaciones de la propuesta/predicación católica actual. De ahí ese pequeño cisma, del que algunos hablan, en la iglesia actual entre los llamados “progresistas” –incluido el Papa Bergoglio -, que, siguiendo las orientaciones del último Concilio, buscan la renovación y el “aggiornamento” de la religión, y los “conservadores” de siempre, que defienden su inmutabilidad. A un extremo, como es el “posmodernismo”, no es extraño que le surja en la sociedad su contrario, en este caso el “neoconservadurismo”.



   Esta disparidad o incompatibilidad de pareceres –que suele traducirse en cierta inquietud religiosa-, puede fácilmente entenderse si partimos del hecho de que, aunque a nivel teórico el pensamiento posmoderno excluye y rechaza todo teísmo, en la praxis de la vida cotidiana la posmodernidad es perfectamente com­patible con la creencia y prácticas religiosas. Es más, la sensibilidad posmoderna ha generado una nueva manifestación del hecho religioso: la creencia y práctica religiosa light, o, como otros prefieren llamar, religiosidad "blanda" o religión "a la carta".
                                           
                                        Isaías Díez del Río